3 mar. 2014

Citas

«Nunca se sabe si una persona es inteligente o si es un imbécil que finge ser inteligente.»

«Era claro que al trastocar los nombres y al abandonar los pronombres personales estaba creando un lenguaje que convenía a su experiencia emocional. Lejos de no saber cómo usar las palabras correctamente, se veía ahí una decisión espontánea de crear un lenguaje funcional a su experiencia del mundo.»

«Tenía la sensación de que todos coincidían en soñar el mismo sueño y cada uno vivía encerrado en una realidad distinta.»

«A veces erraba. Pero si erraba pensaba que errar había sido una decisión.»

«Lo más difícil de entender es lo que todo el mundo sabe. El secreto está a la luz y por eso no lo vemos.»

«Nunca se sabe con qué palabras serán nombrados en el futuro los estados presentes. A veces llegan cartas escritas con signos que ya no se comprenden. A veces un hombre y una mujer son amantes apasionados en una lengua y en otra son hostiles y casi desconocidos. Grandes poetas dejan de serlo y se convierten en nada (...) Todas las obras maestras duran lo que dura la lengua en la que fueron escritas.»

12 jun. 2013

Poema: «Estimado señor Heaney»

Estimado señor Heaney:
cuando supe que usted visitaría el Centro Niemeyer
para un evento público, me dije que no podía perdérmelo
por nada en el mundo. Y lo hice precisamente
porque conozco mi indolencia incluso para los asuntos más graves.
Temía que el paso de los meses previos a la cita
me hicieran arredrarme o, simplemente, 
olvidarlo como se olvida una insignificancia.

Sin embargo, conseguí vencer mi tendencia al extravío,
en el que me instalo a veces con romántico cinismo 
y no menos comodidad. 
Merodeé por los alrededores del Centro,
admirando la imaginación curvada de un Niemeyer
fallecido pocas semanas antes. 
Le vi desde lejos entrar en la cúpula, flanqueado,
con su gorro y su gabardina, recto, con la nuca
tocada por una franja de pelo blanco, una silueta irlandesa
en la distancia sinuosa del recinto de hormigón.

Después, apareció por uno de los laterales del escenario,
con la torpeza propia de la vejez, aunque aplomado y vigoroso
como los mimbres de su poesía.
Subió al estrado y se situó en línea con el atril
que durante una hora 
se interpondría entre usted y el público
como un sutil pero infranqueable rubicón:
el que separa el arte de la admiración que se contiene
en su marejada, ávida de devorar
el objeto de su éxtasis.

Pero no se ofenda si le digo que
sus poemas me han emocionado más que su presencia. 
Sus libros me ligaron más a usted que su cercanía.
Le sostuve mejor entre mis manos que escuchándole.
Heaney fue más Heaney en el papel que frente a mí.
Y supongo que esa delegación de humanidad convierte
al poeta en un pobre Fausto, corrompido por su ambición,
a los pies de las musas del arte, y de sus lectores.

Sin embargo, he de confesar que al pasar los días
mi memoria ha fusionado ambas dimensiones, la verbal y la carnal,
de manera que le recuerdo, señor Heaney, in praesentia, recitando,
como uno de sus mismos poemas, pudiente, ritual,
hecho de madera, alambre, centeno y tinta de gran pureza.
Heaney, asendereado en mi cabeza 
sobre un Avilés lluvioso y post-industrial,
un anciano que desde el frágil balcón de la muerte
enseña la partitura de la verdad con un traje austero
y una mano temblorosa llena de poesía.






2 jun. 2013


Romeo y Julieta (RHM Flash) (William Shakespeare)

«El amor va en busca del amor como el estudiante huyendo de sus libros, y el amor se aleja del amor como el niño que deja sus juegos para tornar al estudio».

13 ene. 2013

El futuro del libro digital

Artículo publicado en El Periódico Mediterráneo el 18/11/2012:


Con frecuencia, el acto de hacer predicciones resulta ser una forma de ociosidad como cualquier otra. A la hora de hablar de escenarios tan complejos como el que está emergiendo actualmente en el mundo del libro, señalar en uno u otro sentido la dirección que tomarán las cosas es tentar demasiado el riesgo de equivocarse. Las cifras, los estudios y los debates que proliferan por doquier nos ilustran algunas de las tendencias, clichés y corrientes de opinión preponderantes. Pero en realidad nadie sabe lo que va a ocurrir y por eso las hipótesis se multiplican rápidamente, en un intento apresurado de despejar incógnitas y conjurar la incertidumbre. Es el pez que se muerde la cola.

Hasta hace no mucho tiempo, yo mismo era bastante escéptico respecto a las cuestiones digitales. Recuerdo aún los cuentos troquelados con los que me inicié en la lectura, el tacto áspero de sus hojas gruesas, el filoso contorno redondeado con los que un niño de seis años podía cortarse fácilmente si no era precavido al agarrarlo. Entre ese periodo y la primera vez que tuve un e-reader en mis manos median veinte años, dos décadas de lectura en celulosa, de acumulación masiva de libros hasta el punto de desbordar los espacios destinados a guardarlos –característica genuina de cualquier biblioteca viva.

Las impresiones iniciales del lector digital fueron negativas: extrañaba la envergadura, el peso y la maquetación del libro tradicional y lo tuve arrinconado cuarenta días prometiéndome devolverlo antes de que finalizara el plazo. Pero no lo hice, y no por descuido o dejadez, sino porque una parte de mí quería entablar relación con ese dispositivo de aspecto sofisticado, leve olor a aluminio de fábrica y pantalla inmaculada, más silencioso que el batirse de las páginas. Cuando venció la fecha límite, no había marchas atrás: empecé a indagar en él sabiendo que tendría que aprender a apreciarlo, a disfrutar de sus ventajas y a convivir con sus defectos.

Pero si echamos a un lado la cuestión de los formatos, de la apariencia y del físico, si miramos el interior, veremos que El Quijote lo es tanto en papel como en digital, que Shakespeare es tan trágico en un sitio como en otro, que la belleza del lenguaje alcanza la misma clarividencia, sin distinciones. La literatura fluye a través del texto donde este quiera encontrarse, ya sea cuajado en tinta o flotando en una pantalla o en boca de un viejo juglar. La literatura sólo puede permitirse no prescindir de una cosa, la palabra. Y tampoco puede ir más allá de ella, para seguir llamándose así.

Probablemente a los escritores de siglos pasados les habría parecido una locura escribir sus novelas en ordenador, algo que hoy ya es una convención. Probablemente la imprenta resultó desconcertante en la mentalidad de los copistas medievales. Pero la tecnología ha sido el mejor aliado a lo largo de la Historia para el supuesto y anhelado imperio de la literatura y no hay razón para considerarla una amenaza per se. Todo depende de cómo se use esa tecnología, de los actores implicados, de los intereses lícitos o espurios. Hay muchos factores y condicionantes, oportunidades y amenazas. Lo importante es no caer en absolutismos y tomarse el ejercicio de la crítica como un oficio innato.

Digital o papel, da igual. Hoy sigo visitando librerías y sintiendo una emoción idéntica, husmeando en los libros de papel y abandonándome junto a sus estantes; una cosa no sustituye a la otra. La gente viaja en coche, pero sigue montando a caballo. Envía miles de mensajes, pero sigue hablando. El futuro del libro es, claramente, la propia literatura. Pero semejante obviedad no acostumbra a ser tenida en cuenta, porque nos hemos habituado a decir literatura cuando queremos hablar de negocio. También a decir literatura para aludir al microcosmos que la rodea, lleno de actos públicos, premios, reconocimientos y otras veleidades. En el fondo, la literatura empieza y termina en su lectura, íntima, personal, solitaria, y lo que surge después no es más que el deseo desesperado e inútil de aprehenderla.

Contra lo que pueda deducirse del léxico habitualmente utilizado, el futuro del libro se escribe desde el presente, no surge de una profecía. Se refleja en los hábitos y en las costumbres y tiene poco de catastrófico, mientras siga habiendo escritores serios y lectores apasionados, mientras siga habiendo alguien que, más allá del material sobre el que deslice sus yemas, emplee su imaginación para devolverle la vida al texto.


12 ene. 2013

'Un lento aprendizaje', de Thomas Pynchon


Portada de Un lento aprendizaje (Fábula)Libro de relatos de juventud posteriormente revisitados y reescritos. Prosa pulcra y detallista. Mezcla de fabulaciones oníricas con fragmentos vinculantemente cotidianos. Breve: una doscientas páginas. Peculiaridad: un prólogo en el que el autor confiesa sus impresiones respecto a sus primerizos trabajos, con algunas prescripciones para jóvenes escritores. Pynchon, el autor ocluido por voluntad propia, como un libro abierto.