13 ene. 2013

El futuro del libro digital

Artículo publicado en El Periódico Mediterráneo el 18/11/2012:


Con frecuencia, el acto de hacer predicciones resulta ser una forma de ociosidad como cualquier otra. A la hora de hablar de escenarios tan complejos como el que está emergiendo actualmente en el mundo del libro, señalar en uno u otro sentido la dirección que tomarán las cosas es tentar demasiado el riesgo de equivocarse. Las cifras, los estudios y los debates que proliferan por doquier nos ilustran algunas de las tendencias, clichés y corrientes de opinión preponderantes. Pero en realidad nadie sabe lo que va a ocurrir y por eso las hipótesis se multiplican rápidamente, en un intento apresurado de despejar incógnitas y conjurar la incertidumbre. Es el pez que se muerde la cola.

Hasta hace no mucho tiempo, yo mismo era bastante escéptico respecto a las cuestiones digitales. Recuerdo aún los cuentos troquelados con los que me inicié en la lectura, el tacto áspero de sus hojas gruesas, el filoso contorno redondeado con los que un niño de seis años podía cortarse fácilmente si no era precavido al agarrarlo. Entre ese periodo y la primera vez que tuve un e-reader en mis manos median veinte años, dos décadas de lectura en celulosa, de acumulación masiva de libros hasta el punto de desbordar los espacios destinados a guardarlos –característica genuina de cualquier biblioteca viva.

Las impresiones iniciales del lector digital fueron negativas: extrañaba la envergadura, el peso y la maquetación del libro tradicional y lo tuve arrinconado cuarenta días prometiéndome devolverlo antes de que finalizara el plazo. Pero no lo hice, y no por descuido o dejadez, sino porque una parte de mí quería entablar relación con ese dispositivo de aspecto sofisticado, leve olor a aluminio de fábrica y pantalla inmaculada, más silencioso que el batirse de las páginas. Cuando venció la fecha límite, no había marchas atrás: empecé a indagar en él sabiendo que tendría que aprender a apreciarlo, a disfrutar de sus ventajas y a convivir con sus defectos.

Pero si echamos a un lado la cuestión de los formatos, de la apariencia y del físico, si miramos el interior, veremos que El Quijote lo es tanto en papel como en digital, que Shakespeare es tan trágico en un sitio como en otro, que la belleza del lenguaje alcanza la misma clarividencia, sin distinciones. La literatura fluye a través del texto donde este quiera encontrarse, ya sea cuajado en tinta o flotando en una pantalla o en boca de un viejo juglar. La literatura sólo puede permitirse no prescindir de una cosa, la palabra. Y tampoco puede ir más allá de ella, para seguir llamándose así.

Probablemente a los escritores de siglos pasados les habría parecido una locura escribir sus novelas en ordenador, algo que hoy ya es una convención. Probablemente la imprenta resultó desconcertante en la mentalidad de los copistas medievales. Pero la tecnología ha sido el mejor aliado a lo largo de la Historia para el supuesto y anhelado imperio de la literatura y no hay razón para considerarla una amenaza per se. Todo depende de cómo se use esa tecnología, de los actores implicados, de los intereses lícitos o espurios. Hay muchos factores y condicionantes, oportunidades y amenazas. Lo importante es no caer en absolutismos y tomarse el ejercicio de la crítica como un oficio innato.

Digital o papel, da igual. Hoy sigo visitando librerías y sintiendo una emoción idéntica, husmeando en los libros de papel y abandonándome junto a sus estantes; una cosa no sustituye a la otra. La gente viaja en coche, pero sigue montando a caballo. Envía miles de mensajes, pero sigue hablando. El futuro del libro es, claramente, la propia literatura. Pero semejante obviedad no acostumbra a ser tenida en cuenta, porque nos hemos habituado a decir literatura cuando queremos hablar de negocio. También a decir literatura para aludir al microcosmos que la rodea, lleno de actos públicos, premios, reconocimientos y otras veleidades. En el fondo, la literatura empieza y termina en su lectura, íntima, personal, solitaria, y lo que surge después no es más que el deseo desesperado e inútil de aprehenderla.

Contra lo que pueda deducirse del léxico habitualmente utilizado, el futuro del libro se escribe desde el presente, no surge de una profecía. Se refleja en los hábitos y en las costumbres y tiene poco de catastrófico, mientras siga habiendo escritores serios y lectores apasionados, mientras siga habiendo alguien que, más allá del material sobre el que deslice sus yemas, emplee su imaginación para devolverle la vida al texto.


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