12 jun. 2013

Poema: «Estimado señor Heaney»

Estimado señor Heaney:
cuando supe que usted visitaría el Centro Niemeyer
para un evento público, me dije que no podía perdérmelo
por nada en el mundo. Y lo hice precisamente
porque conozco mi indolencia incluso para los asuntos más graves.
Temía que el paso de los meses previos a la cita
me hicieran arredrarme o, simplemente, 
olvidarlo como se olvida una insignificancia.

Sin embargo, conseguí vencer mi tendencia al extravío,
en el que me instalo a veces con romántico cinismo 
y no menos comodidad. 
Merodeé por los alrededores del Centro,
admirando la imaginación curvada de un Niemeyer
fallecido pocas semanas antes. 
Le vi desde lejos entrar en la cúpula, flanqueado,
con su gorro y su gabardina, recto, con la nuca
tocada por una franja de pelo blanco, una silueta irlandesa
en la distancia sinuosa del recinto de hormigón.

Después, apareció por uno de los laterales del escenario,
con la torpeza propia de la vejez, aunque aplomado y vigoroso
como los mimbres de su poesía.
Subió al estrado y se situó en línea con el atril
que durante una hora 
se interpondría entre usted y el público
como un sutil pero infranqueable rubicón:
el que separa el arte de la admiración que se contiene
en su marejada, ávida de devorar
el objeto de su éxtasis.

Pero no se ofenda si le digo que
sus poemas me han emocionado más que su presencia. 
Sus libros me ligaron más a usted que su cercanía.
Le sostuve mejor entre mis manos que escuchándole.
Heaney fue más Heaney en el papel que frente a mí.
Y supongo que esa delegación de humanidad convierte
al poeta en un pobre Fausto, corrompido por su ambición,
a los pies de las musas del arte, y de sus lectores.

Sin embargo, he de confesar que al pasar los días
mi memoria ha fusionado ambas dimensiones, la verbal y la carnal,
de manera que le recuerdo, señor Heaney, in praesentia, recitando,
como uno de sus mismos poemas, pudiente, ritual,
hecho de madera, alambre, centeno y tinta de gran pureza.
Heaney, asendereado en mi cabeza 
sobre un Avilés lluvioso y post-industrial,
un anciano que desde el frágil balcón de la muerte
enseña la partitura de la verdad con un traje austero
y una mano temblorosa llena de poesía.






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